Erina de Telos o el silencio
Publicado en Febrero 14, 2009
Archivado en Boletín cultural, Noticias
¿Quién fue Erina de Telos? ¿Existió realmente? ¿ Escribió los poemas que se le asignan o no los escribió? ¿Era lesbiana? Son muchas las incógnitas que en torno a esta mujer aun no han sido del todo despejadas. Así que mejor atenernos a lo que nos cuenta la persona que ha estudiado con mayor profundidad su figura y su obra: el profesor italiano Camillo Neri, autor de Erinna, testimonianze e frammenti.
Neri afirma la autoría de Erina sobre los versos conocidos, asegura que nació en Telos y no en Lesbos (Grecia) y sitúa este hecho decididamente en el siglo IV a.de c, lo que invalida la extendida idea de haber sido discípula de Safo, nacida doscientos años antes. Pero en cuanto a su orientación afectivo-sexual todo es presumible pero nada confirmado.
Beatriz Gimeno en su libro Historia y análisis político del lesbianismo dice de ella: «…a los 19 años escribió un poema dedicado a su amiga de toda la vida Baucis. Recuerda Erina en su poema la niñez que pasaron juntas, y cómo de niñas jugaban a que eran novias. Nos cuenta después el dolor que sintió cuando Baucis la abandonó para casarse y su muerte poco después…no sabemos casi nada de ella, excepto que su amor por Baucis alegró su vida, su adolescencia y entristeció los pocos años que vivió de adulta» Y concluye citando a S. Bemard «Erina era: Lesbiana en el sentido moderno, si no física al menos psicológicamente».
Reproducimos a continuación la traducción de estos veintiséis hexámetros realizada por Juan Manuel Macías para la revista Iris de la Sociedad Española de Estudios Clásicos.
… De los blancos caballos a las olas profundas
te abalanzabas tú con pies enloquecidos,
mas yo entonces gritaba: «¡ya te tengo, mi amiga! »
Y, cuando eras tortuga, corrías dando saltos
a través del recinto del gran patio.
Esto es lo que yo lloro, desventurada Baucis,
con profundo pesar: estos vestigios tuyos
en mi corazón yacen aún ardientes, muchacha.
Cenizas son ahora nuestros gozos de entonces.
De niñas, en los cuartos, junto a nuestras muñecas,
jugando a ser las novias y libres de cuidados.
Y, al despuntar el alba, la madre, que entregaba
la lana a las sirvientas tejedoras,
venía, y te llamaba para salar la carne.
¡Ay, de pequeñas cuánto miedo nos daba Mormo,
la de grandes orejas, que andaba a cuatro patas
y que mudaba de una cara a otra!
Pero cuando marchaste hacia el lecho de un hombre,
mi Baucis, olvidaste cuanto habías oído
de tu madre en la infancia, que Afrodita
el olvido metió en tu corazón.
Y yo que te lamento no asisto a tus exequias:
no tengo pies profanos para dejar la casa,
no conviene a mis ojos contemplar un cadáver
y no puedo llorar con los cabellos libres.
Sin embargo, me araña un rubor de vergüenza…
Área de Comunicaciones de JereLesGay
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